El proyecto la unidad operativa del desarrollo

Es difícil encontrar una herramienta más universal que la “planeación” y su desagregado principal el “proyecto”, cuya aplicación se extiende sin excepción a todas las actividades humanas. Con absoluta certeza, los logros de la civilización han sido el resultado del oficio permanente y natural por parte de profesionales, organizaciones y Estados de concebir, diseñar, estructurar, negociar, ejecutar, instalar, poner en marcha y garantizar la sostenibilidad de nuevos proyectos[1]. 

   Cada vez son más las instituciones y empresas públicas y privadas de todo el mundo que involucran el «proyecto» como unidad básica de análisis de su rutina de gestión y herramienta insustituible en la planeación estratégica. Queremos compartir algunas reflexiones en torno a la importancia del “proyecto” como instrumento indispensable en el proceso de toma de decisiones relacionadas al destino de sus escasos recursos aforados para la inversión, tanto a nivel estatal como en el marco de la empresa privada, cuyo entorno está ceñido a una economía globalizada y por los rigores y exigencias propias de la nueva sociedad del conocimiento, de la información y, también, de la desinformación. 

Los diagnósticos sectoriales, los planes de desarrollo a cualquier nivel nacional, regional, local o empresarial pero especialmente los requerimientos de las comunidades lo mismo que los desarrollos tecnológicos constituyen fuentes inagotables para el descubrimiento de proyectos. Desde un principio es útil deslindar cierta jerarquía que ha sido aceptada universalmente en la utilización de los términos plan, programa y proyecto y la forma en que interactúan y convergen con otros dos vocablos políticas y presupuesto.

Una presentación esquemática inicial bien simple y sin pretensiones conceptuales -la armonía de las cinco p´s-, nos indica que los planes están compuestos por programas y que los programas contienen proyectos; por esta razón afirmamos que los proyectos se constituyen en la unidad operativa de los planes, y en un lenguaje más directo, que los planes se materializan a través de proyectos exitosos. Tal como lo observamos en la figura, la estructura del sistema de planeación tiene tres niveles de acción claramente definidos: en la cúspide una visión amplia y panorámica expresada a través de los planes de desarrollo -o planes estratégicos empresariales-; en la base, una concepción clara, concreta, puntual, dimensionada en el tiempo y el espacio y, además, específica en términos de recursos y propósitos, es el proyecto, que se erige como la unidad operativa menor. En medio de los dos niveles, se ubican los programas sectoriales que corresponden a una dimensión económica y social (empleo, comercio externo, divisa, salud, educación, infraestructura, medio ambiente, etc.), y los programas territoriales de dimensión espacial (regiones, provincias, departamentos, localidades), que permiten una lógica conexión e intermediación entre los niveles extremos, tratando de conciliar lo abstracto y etéreo de los planes, con lo concreto y específico del proyecto. En el diagrama también se observa la forma como el ejercicio del poder a través de las políticas determina pautas para el diseño y ejecución del plan, es decir, los términos en que discrecionalmente el agente que recibió el mandato a través del voto popular o mediante otros procedimientos menos ortodoxos, determina como se reparten entre sectores y territorios los escasos recursos comprometidos en el presupuesto de inversión.

Armonía de las cinco p’s

El organismo estatal de planeación y los ministerios sectoriales, lo mismo que las autoridades del nivel subnacional o territorial -regiones, departamentos, provincias, distritos, municipios o localidades-, tienen la responsabilidad de definir políticas y diseñar estrategias conducentes al mejor aprovechamiento de los recursos disponibles, a través de la estructuración de planes y programas, a partir de diagnósticos nacionales, territoriales o sectoriales, que develan los problemas, las carencias, las necesidades, las limitantes, como también las oportunidades. Por otro lado, es importante recalcar que el proyecto recorre una serie de estadios diferentes y secuenciales (preinversión, ejecución, operación y evaluación expost, que se definen como “ciclo”), desde que se concibe una idea interesante o innovadora, hasta que se pone en funcionamiento una nueva capacidad para cumplir con el objetivo social, vale decir, solucionar un problema, atender una necesidad o aprovechar una oportunidad, mediante la producción de bienes o prestación de servicios.

Por lo tanto, la tarea del “gestor de proyectos” es proponer alternativas viables de solución de problemas o atención de necesidades o aprovechamiento de oportunidades, basados en la información y los diagnósticos elaborados en los niveles superiores, haciendo converger las orientaciones y políticas públicas de mayor espectro con los anhelos y deseos de las comunidades. Resulta un tanto estéril la discusión que trata de esclarecer, qué surge primero, si el plan o el proyecto. En el núcleo mismo de cualquier plan de desarrollo donde se establecen objetivos, políticas y estrategias, se pueden revelar proyectos de variado espectro sectorial o territorial; por otro lado, las necesidades manifiestas de las comunidades, en torno a agua potable, comunicación, salud, vivienda, vías, movilidad, educación, seguridad, recreación, cultura, etc., insinúan claramente proyectos viables que, armonizados en objetivos comunes, pueden dar origen a planes de desarrollo.

Cada vez toma más importancia el proyecto como herramienta para gestionar recursos y atraer a potenciales inversionistas, públicos o privados, nacionales o internacionales. “Sin proyecto, no hay recursos” es una expresión coloquial que cada día conquista mayor vigencia.  Quizás el “gestor de proyectoses el profesional que más agrega valor a la economía, por esa razón, el experto encargado de recorrer todo el ciclo y acompañar a los encargados o responsables en las diferentes etapas se denomina “gestor o estructurador de proyectos”. Se trata de un profesional o una organización con altas calificaciones técnicas y éticas, con sensibilidad social, además de una formación sólida con conocimiento y enlaces en el sector o región donde se inserta el proyecto.

Una concepción similar se presenta en una corporación o empresa privada, en efecto, los propietarios o las altas jerarquía en coadyuvancia con el personal de base -habitualmente mediante un ejercicio DOFA –Debilidades, Oportunidades, Fortalezas y Amenazas–, definen una misión, una visión y unos objetivos y lo plasman en un plan estratégico que se suele desagregar en programas diferentes de producción, ventas, recursos humanos, procesos administrativos, innovación o investigación y desarrollo, etc., y a su vez cada uno se concreta en proyectos específicos que al ser ejecutados y puestos en funcionamiento abren el camino de la competitividad, tanto doméstica como internacional. Desafortunadamente, muchas organizaciones públicas o privadas hacen el ejercicio a medias, definen misión, visión, objetivos y hasta estrategias, pero nunca se ocupan en puntualizar y concretar proyectos, lo cual, además de generar altos índices de frustración, solo queda como testimonio la expresión de sus intenciones que sirven simplemente para el lucimiento y decoración de las oficinas.

Las estrategias para promover el desarrollo empresarial, como las incubadoras de empresas, los fondos de capital de riesgo, el crédito, los aportes de capital semilla, los ángeles inversionistas, la banca de inversión, las cadenas productivas, los clúster y otros mecanismos útiles deben estar acompañados necesariamente de una formación y capacitación de calidad orientada al talento emprendedor y creativo y conducta ética que les permita a través de los “estudios de preinversión” respaldar sus “planes de negocio” y concretar sueños y aspiraciones, a través de la ejecución de proyectos que se materializan en empresas exitosas.

Aprovechar las ventajas comparativas de otras épocas, como la mano de obra barata, la abundancia y proximidad a los recursos naturales, el crecimiento de los precios internacionales de los productos básicos, las economías de escala orientadas a mercados nacionales cautivos, no resulta en forma alguna suficiente para el crecimiento y permanencia de nuestras empresas, públicas y privadas, puesto que, la innovación, la calidad, la información oportuna y confiable, el dominio del saber y su aplicación tecnológica, vale decir la “economía del conocimiento”, además de la equidad y equilibrio en la repartición de los beneficios y oportunidades entre toda la población, son recetas fundamentales e imprescindibles para garantizar la competitividad. Agregar valor a través de todos los eslabones de la cadena productiva, desde la planeación, el diseño, la producción, el transporte, la información, hasta el mismo consumo, es sin duda la única forma de actuar en el nuevo escenario.

De hecho, los paradigmas propios de la “nueva economía” y la necesaria visión internacional de las decisiones que se toman en medio del ámbito de la globalización cada vez más competitivo y cargado de incertidumbre, determinan, sin duda, una nueva forma de concebir, identificar, diseñar, estructurar, negociar, gerenciar, instalar, poner en marcha, operar y garantizar la sostenibilidad de proyectos y empresas. La concepción moderna de la economía ubica al recurso humano en el centro de la formación de valor, en otra época se creaba riqueza con recursos naturales y financieros, bienes, productos, maquinarias e insumos; hoy y en el futuro, el valor proviene principalmente del conocimiento, de las ideas creativas y de la innovación, de la investigación, de la información y, obviamente de la capacidad de gestión

Buena parte de los fracasos empresariales se debe sin duda al poco rigor y superficialidad en los “estudios de preinversión” que sustentan las decisiones de asignar recursos para ejecutar y operar proyectos, y desde luego, a la visión cortoplacista y reduccionista de analistas que se interesan con singular miopía en fracciones aisladas de la cadena de valor conocida como “ciclo del proyecto” cuyos cuatro eslabones se deben encauzar en forma integral. No cabe la menor duda que la competitividad de los sectores productivos, la eficiencia en los servicios gubernamentales con el acompañamiento de una academia reflexiva, tolerante a las diferentes vertientes del conocimiento y productora y reproductora de ideas innovadoras y prometedoras, y aun disruptivas, son la clave para alcanzar tasas de crecimiento económico adecuadas y la mejor opción para mejorar las condiciones de vida de la población.

América Latina necesita Estados fuertes (con capacidad de aplicar leyes antimonopolio, de responsabilidad social de las empresas, de protección al medio ambiente, etc.), con una gran apuesta a lo social, que proscriba la cooptación del poder económico al poder político, que es sin duda, el germen de la corrupción, la inequidad y la exclusión.

Son muchos los proyectos productivos, de seguridad alimentaria; de inversión social e infraestructura física; de educación hacia la población más vulnerable; de comercialización de productos agrícolas; de servicios públicos y de saneamiento básico, y de ofertas de agua potable a la población rural; de investigación básica, aplicada y al desarrollo tecnológico; de expresiones culturales; de reasentamientos de las comunidades desplazadas por la intolerancia de las fuerzas oscuras nacidas en la ausencia e indolencia del Estado, etc., que se necesitan para disminuir los índices de desempleo, desigualdad e inseguridad y generar capacidad de demanda e impulsar la prosperidad en todos los niveles sociales de nuestras economías en términos de eficiencia y equidad. Por esa razón, pretendemos que el presente mensaje impulse la formación de “gestores de proyectos” y emprendedores de empresas de América Latina y el Caribe, con sensibilidad local y visión global, que movilicen recursos y voluntades, que a manera de modernos alquimistas puedan convertir los sueños y las ideas productivas en realidades contundentes al servicio de nuestras comunidades.

 

JUAN JOSE MIRANDA M

[1] Tomado contextualmente del libro Gestión de Proyectos de Juan José Miranda M.